Los muertos que no cuentan, los cuerpos que no importan

El jueves 30 de junio, a eso de las 10 de la mañana, llegó a Tumaco el cuerpo de Miller Cabezas Valencia. Fue asesinado dos días antes en Cali. La familia, los amigos, los paisanos preguntan por qué, por qué mataron a Miller, qué pasó… no hay respuestas.

Un joven afrocolombiano que muere asesinado en el distrito de Aguablanca de Cali no es noticia para el país. Los hechos no son materia de una estricta investigación, las autoridades no ofrecen recompensa por denuncias o informaciones sobre los autores del crimen, no se siente el repudio generalizado en las redes sociales con tendencias marcadas por un hashtag y ni siquiera se hace una publicación en un medio de comunicación nacional reconocido, como sí pasa en otros casos. A estos “prestigiosos” medios no les interesa una historia tan simple y común en el distrito de Aguablanca, en donde a diario mueren jóvenes de esa forma. Por otra parte, miembros de la comunidad caleña, los que viven y los que no viven en el Distrito, si se enteran prefieren pensar que muertes como la de Miller tienen alguna justificación, naturalizan así la violencia y continúan con sus vidas, haciendo cuenta que no es con ellos.

La única publicación que se conoce sobre lo sucedido con Miller es evidentemente una violación a la dignidad humana: “Lo mandaron al piso” es el titular de la noticia en el periódico El extra con circulación en el Valle del Cauca. Allí lo describen como un joven afrodescendiente, trabajador de oficios varios, habitante de un barrio del Distrito de Aguablanca, muerto a manos de sicarios. Al parecer, eso es suficiente para que el lector se haga una idea de la víctima. Puede que le baste con saber que era un joven negro dedicado a oficios varios y que vivía en el Distrito para pasar rápidamente la página sin hacerse preguntas o, quizá, la intención es que se concentre en las fotos que muestran desde diferentes ángulos el cuerpo de Miller tendido en el piso y con ellas tenga la dosis de drama y compasión que necesita para la jornada.

¿Por qué el periodista no se tomó el mínimo tiempo para investigar de dónde era Miller, desde hace cuánto vivía en ese sector, quién es su familia, en qué trabajaba concretamente? No se trata solamente del hecho de que este periódico es un medio amarillista, no. Se trata también de que en este país no todos los muertos son iguales. Hay muertos que no cuentan y cuerpos que no importan. El sociólogo Jaime Landínez considera que ese tipo de publicaciones son el reflejo del racismo y la desigualdad social. “En Miller se entrecruzan las dinámicas de etnia, condición socioeconómica y origen que constantemente son marginadas por los entes de poder”.

Podría pensarse que se trata de problemas urbanos pero el líder comunitario Henry Quiñones cree que hay una conexión con lo rural en el caso de Miller. Quiñones cree que el asesinato no es un hecho aislado de las realidades de pobreza, violencia, discriminación y racismo institucional que aquejan a las zonas rurales del Pacífico y que afectan de forma particular a la población negra. “Él era uno de esos tantos jóvenes que desde Tumaco llegan a Cali buscándose una vida distinta, aprovechando oportunidades de trabajo, porque en Tumaco y nuestra vereda natal (Las Mercedes, Río Chagüi) son pocas las opciones para jóvenes como él. Los productos del campo valen poco, está la coca, pero esa la fumigan y la gente se queda en blanco (sin nada) además de la violencia que genera. Entonces se van a vivir a Cali y también tienen que lidiar con la violencia y la discriminación”.

Miller era hijo de Adela Valencia y Remberto Cabezas, una familia residente en Las Mercedes, donde él nació y creció. A su muerte tenía 28 años, una esposa, una hija y un hijo. Hace unos 6 años que se fue con su compañera a Cali. Estudió reparación y mantenimiento de aparatos de refrigeración y actualmente trabajaba en una empresa que presta esos servicios, y los fines de semana arreglaba las neveras de los primos y los paisanos. El día en que lo mataron tenía una incapacidad médica debido a un accidente de tránsito que tuvo en un su motocicleta días anteriores. “Era más o menos la una de la tarde, iba en una bicicleta que le prestaron. Personas que estaban cerca afirman que los sicarios se llevaron la bicicleta y un canguro, pero no los celulares ni el dinero que tenía en los bolsillos”, cuenta una de sus primas.

Ni su compañera, Vanesa, ni los otros familiares que residen en Cali, ni los amigos, ni los vecinos saben de problemas o enemigos que tuviera Miller, por eso la única hipótesis es la del robo aunque no se hayan llevado todas las pertenencias. Y en caso de ser esa la razón, no entienden por qué matarlo. La señalada publicación del periódico habla de posibles fronteras invisibles, impuestas por miembros de pandillas. Esto significaría que Miller pasó con la bicicleta por un lugar que estaba restringido para él.

Independiente de las hipótesis, existe el riesgo de que nunca se sepa algo relevante sobre el asesinato de Miller y de que no se genere ninguna conmoción o rechazo desde los medios de comunicación, así como no se ha generado con otros tantos casos de mujeres y hombres afrocolombianos cuyas muertes han sido tan “invisibles” como impunes. Hoy es el entierro de Miller en su natal Chagüi, donde su muerte sí cuenta y su cuerpo importa. Ahí, él no es una cifra, tiene una historia. Ahí estuvo por última vez en Navidad y año nuevo después de varios años sin volver. Para sus seres queridos aquella fue su despedida.

CUERPOS QUE NO IMPORTAN

Despidiendo a Milller Cabezas Vallencia

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